miércoles, junio 8

El único héroe que conocí, lo tuve en casa

Cuando tuve seis años, comencé a entender más cosas de las que mi mente minúscula podía entender. Mi papá tenía un gran corazón. Era un médico ejemplar. Dedicado a su profesión. Amaba ayudar a la gente. Evitaba cobrar consultas. De vez en cuando hacer operaciones gratis. Regalar medicina a las personas que las necesitasen. Esas muestras medicas que siempre llegaban a casa, las empaquetaba y alguien se hacía merecedor de todas ellas. Ese alguien, obviamente, era algún paciente que lo necesitaba.

En navidades me enseño a ser solidaria. Comprobábamos juguetes y siempre me llevaba por el pasillo azul del hospital en donde él trabaja. Ese pasillo estaba lleno de cuartos. Y los cuartos, de niños. Los niños, de quemaduras. Al principio tenía miedo. Me daba una sensación extraña. Papá me educó para eso. Me hiso valiente. A mis seis años, era capaz de enfrentarme a la peor quemadura y entregar el mejor juguete. Salíamos contentos, victoriosos. Para todos aquellos niños, mi papá era un héroe. Llegaba para convertir momentos. El peor, en mejor. De eso se encargaba.

Como yo era una niña rebelde, lo que el siempre me decía, necesitaba más cuidado y vigilancia. Mi mamá estaba lejos. No era igual que me cuidasen mis tías. Así que tomo la decisión de cerrar su consultorio. Ahora, años muchos años después, puedo entender lo que le costó tomar esa decisión. Porque el siempre fue feliz ayudando. Sin ser atribuido con dinero. Cobraba lo que tenía que cobrar. Nunca era más. Siempre era menos. Yo, doy testimonio de eso.

Todas esas personas que lo visitaban en aquel consultorio, comenzaron a buscarlo en casa. Papá no se pudo negar. Los atendía. Sin descuidos. Con igual dedicación. Pasaron a ser consultar totalmente gratuitas. Y el pasó atender a pacientes en casa y mirar como yo de lejos jugaba con todas mis muñecas, contenta porque papá estaba ahí conmigo todos los días.

Y así fue su vida. Siempre fue un verdadero valiente. Sufrió un montón de accidentes. Nunca le pasó nada. Fue operado como diez veces. De todas salió victorioso. Se lo merecía, era un buen luchador. Era un buen ser humano. Era un héroe en todo sentido de la palabra.

Cuando crecí, no solo tenía la imagen de un excelente profesional, dedicado íntegramente a su profesión. Si no, tenía la imagen de el haciendo tantos espacios de tiempo como yo necesitase. Para lo que fuera. Para mis reuniones de colegio. Para mis actuaciones. Para todo. Se encargo de ser mi amigo. Mi verdadero amigo. Confiaba en el mas de lo normal. Podía contarle cosas que realmente eran extrañas. Sacada de vuelta de ex enamorados. Acciones de amigas. Mis juergas fatales. Las peores bombas. Previa puteada, claro está.

Papá y yo éramos un equipo. Siempre juntos. Habíamos crecido los dos. El era todo para mi. Sabía que algún momento el ya no iba a estar pero nunca imagínese que ese momento fuera tan doloroso. Y no solo el momento, sino el tiempo que venía después. Como ahora.

Aun se me hace muy difícil conversar del tema. Escribir detalles de cómo sucedieron las cosas. Del día en que el ya no estuvo. Porque todo eso no solo está en la boca. Se siente en el corazón. Y cada tecleada duele en el fondo de las entrañas. En lo más profundo. Pero sin embargo, el se merece todo tipo de reconocimiento. Porque siempre lo ha sabido a ser muy bien. Es un hombre que se ha encargado de ser de todo. Amigo de sus alumnos. Amigo de su hija. Amigo de sus pacientes. Un hombre que con la ayudaba de Dios, logró ser lo que fue. Y para mi, todo se puede resumir en un verdadero héroe. No solo para mi. Para muchos. Muchos que lo recuerdan inclusive con la misma pena que yo. Porque sabemos que hombres como el, hacen falta.

Lo extraño. Lo extraño todos los días. Lucho contra la barrera de evitar recordarlo para no tener esta pena inmensa que ataca cada microsegundo. Lucho acordándome de él, de su frescura, de sus frases irónicas y sé que si hubiese sido al revés, el al igual que yo tendría en su cara la mejor sonrisa porque pensaría lo que yo pienso… que en el cielo, necesitaban con urgencia a un hombre tan perfecto como el.

Nada se compara con el orgullo que tengo de sentir que ese hombre, del que ahora escribo, es mi papá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario