Julia conoció a Paulo hace algún tiempo. Sin
embargo, la química constante y el aparente atractivo físico, los llevo
ciegamente un día a darse algunos besos y enredarse con sus manos.
Fueron enamorados. El siempre detallista, contándole nuevas
historias, nuevos cuentos. Cantándole al oído verdades fabricadas que se consumían
con la realidad. Ella pensó no estar equivocándose. El tenia que ser el chico
del sueño. El que había llegado para ilusionarla y porque no, enamorarla.
Julia no era celosa. Durante mucho tiempo de su vida
vivió sin experimentar escenas dramáticas de llamadas, llantos desesperados o
emails rudos y deprimentes. Ella creía que el amor era parte de la confianza,
frase desarticulada pero peculiar que captaba la atención de su cabeza y le
hacia creer que eso era todo. Que eso era fácil.
Era feliz. Y fue tan feliz como pudo hasta que de pronto
se encontró revisando uno que otro email de Paulo en su cuenta de Hotmail. Se
encontró con su sexto sentido. Con la corazonada de que algo no andaba bien.
En la búsqueda de misterios, encontró el nombre de otra
chica que llamaba “amor” a su chico. Que comentaba sus fotos en Facebook. Que
le escribía en su muro. Y hasta le envía mensajes privados.
Se puso nerviosa. Apagó la computadora. Se tumbó en la
cama y lo único que dijo mirando al techo fue mierda.
Así comenzó la vida infierno que cargó en su memoria
durante mucho tiempo.
De pronto estaba sumergida en llamadas largas y ridículas. En
palabras dinámicas. En un miedo constante. En sus ojos, la debilidad. En sus
oídos la misma frase. La misma mentira. Las mismas promesas. En su cabeza las
ganas de desaparecer. De que él no la encuentre. En sus manos, los nervios. La
furia. En alguna parte de su cuerpo, la oportunidad. De quizá, un nuevo
comienzo. La esperanza y el engaño automático. Del cambio.
Paulo no cambió. Y si algo de su vida, logro cambiar,
fue a ella. Por mujeres. Por otras mujeres que convertían su relación en solo
ficción. En un intento de novela frustrada. En tramos largos de llantos y
decepciones rutinarias.
Y de pronto llegó el día en que el daba vueltas en su
cuarto, apareciendo por su ventana, intentando divisar si ella se acercaba.
Estaba tan seguro que ella llegaría. Lo que nunca imagino el chico guapo es que
ella estaba enfrente escondida detrás de un árbol, mirando todos sus
movimientos. Desviando las llamadas del celular. Apagandolo. Se
encontraban ahí ella y sus ganas de marcharse. Ella y la
decepción concretizada. La admiración rota. Sabía que pasaría. Era el último
día. Ya no sentía nada. Nunca se planteo la decisión definitiva de dejarlo pero
sin darse cuenta hace mucho, ya lo había hecho. Ya había escapado. De forma
insospechada y seguramente, por siempre.

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