Hay ausencias que nunca terminan de llenarse. Por nada, por nadie. Nunca terminan de apretarte el pecho y hacer que, en el lugar donde te encuentres, te muerdas los labios. y sin que sangren, te duelan. O esa ausencia, que te hace temblar y coger un pañuelo. Abrazarlo, como a tu peluche favorito. Desear que ese aroma, ese que se fundió por la tela, se haga realidad. Que abras tus ojos y veas a la persona que era portador del olor. De ese olor, que es un aroma, un aroma que nunca se va.
A tu memoria.
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