1. Estaba en secundaria. Conocí a un
chico. Me gustó de impacto. Era alto y tenía ojos verdes. Su forma de ser era
graciosa. Súper caballero. Sutil al decir las cosas. A mis 14 años me parecía
el chico perfecto.
Pasábamos mucho tiempo conversando por
Messenger. Nuestras citas nunca fueron citas. Siempre acompañados. Siempre sus
amigos. Siempre las mías. Teníamos escenas de celos camufladas. Indirectas
delicadas. Miradas no tan escondidas.
Era verano. Teníamos solo dos meses de
amigos. Me pidió para estar juntos. Me dijo que quería que sea su enamorada.
Acepté. Pasamos un poco menos de tres años juntos.
Pensé haberme enamorado. Pensé que la ruptura no la iba superar. Pensé no
volver a ser “feliz” con alguien.
2. Un chico pequeño. Amigo de mi ex. Me
gustó desde siempre. Desde que me lo presentaron. Su rostro quedo marcado en mi
mente. En mis ojos. Nunca pudo ser mi chico, ni yo su chica. Siempre las
miradas tensionadas. A escondidas. A la luz de todos. Siempre fingiendo que no
pasaba nada. Siempre intentando ser solamente amigos.
Las llamadas por teléfono en las
madrugadas. En mi cabeza su número de memoria. Los mensajes por celular. Las
salidas a escondidas. No podían vernos. Nunca dejaría de ser nocivo. Pese a que
ya no tenía una relación con su amigo. No estaba bien. Sin embargo, esas cosas
que no se pueden evitar muchas veces no son cosas. Son personas. Para mi era
el. Y a él no lo podía evitar.
Estaba contenta así. Entendiendo que
existían pecados que se comparten y yo, quería tanto compartirlo con el.
Solamente con el.
Tuvimos un amor un poco atípico. Pensé
no haberme enamorado. Pensé que era solo pasajero. Pensé que pronto acabaría.
Que dejaríamos de hablar. Pensé que me atraía saber que era algo de novela. Una
historia camuflada. Eso creía.
3. Tres años después. Me invitaron a
una reunión. Me encontré con mi ex. El chico de ojos verdes. No podía creerlo.
Nunca me lo había topado. Nunca tan cerca. Nunca deje de pensar en como hubiera
sido. Lo tenía en frente. Hablándome de rato en rato. De vez en mes. Un poco
nervioso. Y yo, también.
Bebimos. Jugamos todos a las preguntas.
Comenzaron los ataques. Las indirectas. Los reclamos.
Me separé de todos. Quería respirar un
poco. Se acercó. Me tomó de la mano. Nos sentamos y comenzamos hablar. Recordamos
lo que fuimos hace mucho. Cuando el decidió apartarse. Cuando no regresó más.
Pero curiosamente ahora él estaba ahí. Intentando hablarme. Pero no había nada.
Ya estábamos vacíos. Ya todo había acabado. No dejé que me abrace. No deje que
se acerque. Sin sospechas mas claras, deduje que ya no me atraía. Ya no lo
quería. Ya no sería lo mismo nunca jamás. No era amor. Nunca había sido amor.
No estaba nerviosa. No quería entender nada. Solamente quería, en ese momento,
hacer una llamada.
4. El chico bajo. El que siempre
aparecía con sus llamadas a escondidas y sus saludos camuflados. Del que nunca podía dejar de hablar. El que siempre evitaba pero terminaba
encontrando. Todos los años. En algún momento de mi vida. Con un beso. Con una
caminada de mano. Duraba solamente unos días. Y luego pasaban meses, y meses.
Pero siempre, cada cierto tiempo, mi mente y mucho de mi tenían que saber de él.
No podía dejar de intentarlo. Lo extrañaba. Lo necesitaba. Más de lo esperado. Guardaba
mis mejores momentos para una ocasión que pocas veces llegaba.
El siempre con sus enamoradas. Con sus
historias fugitivas. Clandestinas. Repitiendo nuestra historia con cualquiera.
Pero yo lo quería. Yo soportaba.
Después de cinco años, descubrí que me
había enamorado. Me enamoré de alguien con quien no tuve más de tres meses de
relación. De alguien que fue mi amigo. Mi escondite. De alguien que se llevó mis mejores miradas. Mis secretos. Él era mi
secreto. Mi primer amor. El que no se olvida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario