domingo, diciembre 5

Lo que duró.

Y estábamos juntos por siempre. Me encargaba de susurrarle cada cosa, despacito. A veces no me escuchaba. A veces me mentía. A veces me mentía más. Pocas veces decía la verdad. Era complicado. Éramos felices. Seguíamos juntos y no sabíamos porque. Siempre había espacio en nuestro cuerpo para arrumar un recuerdito, el más chiquito. Siempre estaba ahí, conmigo por siempre. Y no caminábamos juntos pero estábamos juntos. Y lo extrañaba todos los días por las tardes. Esperaba siempre las diez. Lo extrañaba todas las noches. Lloraba no todas las noches. Estábamos juntos. No hacíamos cosas juntos. Sabía que yo estaría por siempre. Yo sabía que el no estaría ahí por siempre.

Y se empapó. Se jodio. Traición. Se llevaron el mejor de mis recuerdos. Me quede sin nada, con las manos vacías. Asumí el riesgo y moría por recuperar un poquito de todo lo que ya se había se había manchado. Como sabanas, de esas manchas que ya no salen jamás. Las cosas se perdonan, se pasan, pero no se olvidan. No funcionó, ya era tarde para tener prisa. No llegue a tiempo. Se llevaron el mejor de los recuerdos.

Y así escribimos todos, los dos, nuestra historia. Que poco rato duró la vida eterna y las promesas incondicionales también. La vida avanzó, como las cosas que no tienen mucho sentido. Tu sin mi y yo sin nada.

Sospecho que se acerca el día que cuente la historia por última vez.

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